lunes, 29 de septiembre de 2008

Un día perfecto

Una mujer entra en una sala de partos. Su marido la acompaña. A pesar del sueño, llegó la hora. El bebé viene en camino.
Hace unos nueve meses atrás, ésa misma mujer se realizaba una prueba de embarazo que al resultar positiva convirtió a ése día en un día perfecto.
En ése preciso instante, algunas cuadras más allá, una nerviosa joven esperaba el resultado de una prueba similar y que al resultar negativa convirtió a ése día en un día perfecto.
Es difícil englobar en un sólo texto todo lo que puede conformar el concepto de la perfección. Para alguien, un día perfecto comenzaría con un amanecer en la playa. Otra persona puede ver el inicio de su día como perfecto cuando escucha que el despertador de su vecino suena más temprano que el de él y que puede quedarse en cama unos minutos más que su allegado.
Para otros el día perfecto es el día en que logren salir de casa para independizarse. Alguien dirá que el día perfecto será cuando sea capaz de volver a casa.
Algunos sueñan con el día de su boda como un día perfecto. Otros pueden soñar con el día de su divorcio como un día perfecto.
Un joven está extasiado porque finalmente se hizo el tatuaje que siempre quiso. Otro también lo está porque finalmente logró borrárselo. Son días perfectos para cada uno de ellos, ¿o no?
Creo que no existe un día entero lleno de perfección, sino que mas bien cada día posee el potencial para cambiarnos el rumbo y hacernos sentir vivos de nuevo, aunque sea sólo por unos minutos.
Ésa ducha con agua hirviendo que me espera al llegar del gimnasio representa la perfección. El agua me restituye mientras entono alguna canción que se me quedó “grabada” y que, fuera de la ducha, sería incapaz de volver a tararear.
Es ése café humeante que espera en la mesa junto al sándwich cuidadosamente preparado –como me gusta – por las manos que desde hace tantos años me han cuidado, y es ése “ojo por ahí, mamita” que siempre escucho al salir, sabiendo que cada día extra de esa voz es un regalo.
Es ése amanecer de Pampatar que puedo ver desde una ventana, que si bien no es mía, llega a serlo por un par de semanas durante el verano. Es ése amigo que diviso entre la multitud y que se acerca a mi con la más amplia sonrisa. Era ésa lágrima que corría por su mejilla cuando celebrábamos algo.
Pero si debo hacer mención a un día que verdaderamente fue perfecto, debo citar los días en que me atreví. Cuando me atreví a subir a una motocicleta por primera vez. Cuando me atreví a surfear a pesar de mis temores. Cuando me atreví a acabar una fuerte discusión con un beso. Cuando me atreví a perdonar y a pedir perdón. Cuando me atreví a decir basta. Cuando me atreví a creerle de nuevo. Cuando me atreví a pedirle a Dios por ayuda a pesar de mis faltas. Cuando me atreví a correr debajo de la lluvia. Cuando me atreví a reírme de mi misma. Simplemente, cuando me atreví a vivir.
Esos serán los días perfectos. Los que tuvieron algún momento que me quitaron el aliento. Los días siempre podrán ser iguales a otros. La diferencia de cómo se vive está en uno.