sábado, 31 de enero de 2009

Between the lines


Me encanta ver cómo la vida te mantiene cerca de la gente que creció contigo y que, por más veces que te distancies, vuelves a ese lugar donde todo es familiar, donde finalmente “perteneces”. Hoy me encuentro allí, totalmente a salvo, resguardada de todo.
Sin embargo, hace unos días desperté con un pensamiento en mi cabeza: “qué pasaría si me muriera justo hoy?”. Ojo, amigo lector: amo mi vida y no estoy pasando por ningún tipo de depresión ni mucho menos. Quienes me conocen verdaderamente, saben cómo soy respecto a este tema. Sólo quise reflexionar.
Entonces vi el balance de mi vida: poseo una hermosa familia a la que amo y en la que me aman, poseo amigos a los que amo y que me aman, poseo un trabajo que me encanta y en el cual me valoran y, finalmente, amé a dos jóvenes que significaron el mundo para mi –obviamente uno más que el otro–, y que también me amaron en su momento. Hoy ambos están bien.
De uno -mi segundo- sé por mi mejor amigo. No hubo más contacto a pesar de un par de intentos fallidos de mi parte. Siempre me dijo cómo actuaba cuando las cosas terminaban. Por eso no hubo sorpresas. No lo conocí bien, ni él a mi. Sin embargo, soy la que tuvo el "privilegio" de ser la primera mujer por la cual lloró, y él se llevó el honor de ser aquel que me hizo soñar de nuevo.
Del otro -mi primero y más importante- sé porque aparece en mi celular una y otra vez. Simplemente tiene a alguien -o a varias- porque no tolera estar solo, o mejor dicho, no se tolera en su propia piel. Creo que detrás de eso -sin soberbia alguna lo digo- está un odio contra sí mismo por haberme perdido. Seguirá buscándome -sin éxito- en otras. Él se llevó mi corazón y yo el suyo. Lo conozco tan bien que a veces me asusto.
Me alegré entonces de que estos fueran los escenarios de mi vida. Mi familia y amigos estarían terriblemente tristes -claro está-, pero al menos hasta donde sé, no le estaría destrozando el corazón ni los planes a futuro a alguien en particular.
Sonrei entre sollozos y me di cuenta de que el balance era verdaderamente bueno. No había temor, soledad ni frío alguno.
Sólo amor.
Todo está bien, gracias a Dios.
Me metí a bañar satisfecha.
Quiero cerrar con un poema que escuché una vez durante el funeral de un anciano muy querido y admirado. Dice así:
“Muy cerca de mi ocaso yo te bendigo, vida, porque nunca me diste esperanza fallida, ni trabajos injustos, ni pena inmerecida. Porque veo al final de mi rudo camino, que yo fui el arquitecto de mi propio destino; que si extraje la miel o la hiel de las cosas, fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas, cuando planté rosales; coseché siempre rosas. Cierto; a mis lozanías va a seguir el invierno, mas nunca dijiste que mayo era eterno. Hallé sin duda largas noches de penas, mas no prometiste solamente noche buenas, y en cambio tuve unas santamente serenas. Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. Vida, nada me debes. Vida, estamos en paz”.