miércoles, 29 de septiembre de 2010

"Eso"

Fue en un instante, pero lo supe todo. Él me miró y a través de sus ojos, mi alma se inundó de la suya. Sentía que nadie podía separarnos. Lo hubiera besado. Me lo hubiera comido a besos allí mismo. Pero, ¿hace falta besar el agua cuando estás sumergida en un mar o, más aún, cuando tú ya eres el mar? Lo que luego nos dijimos carece de importancia. ¿Qué pueden murmurarse al oído dos enamorados? En realidad había sido más elocuente el silencio. En aquel mudo mirarnos a los ojos, le dije sin palabras que lo querría incondicionalmente, más allá del tiempo y la eternidad, ocurriera lo que ocurriera, aunque se cayera el mundo y se derrumbaran las estrellas. Decir luego “te quiero” era mucho menos comprometido. No olvidaré que en aquel momento él se puso tan nervioso. Me estrechó contra su pecho, y percibí entonces una luz que crecía y crecía dentro de mis entrañas ascendiendo a las colinas y adentrándose en el mar, una luz que era brisa del campo, las sonrisas de los niños y la muerte de los ancianos, el mundo entero y el temblor de mi corazón de joven enamorada. Cerré los ojos y abracé desde dentro aquel sabor inefable que sencillamente no cabe en la palabra amor. Adaptación de "El novio", por P.M. Lamet